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15.11.13

Lo que vemos, lo que no vemos y lo que queremos ver.


En su obra La cámara lúcida, el enorme Roland Barthes habla durante todo el libro de cierta foto de su madre, la única imagen en la que él la reconoce, la única en la que encuentra su verdadera esencia. Y ésa es una de las pocas fotos, sino la única, que Barthes no nos muestra a lo largo de las páginas. Leemos el libro, lo devoramos, esperando encontrarnos con esa foto. Pero la foto no está. Y no estará nunca. 
Nos quedamos pensando en ésa foto, en la vida y la muerte ocultas en cada imagen fija. Nos deja pensando en que cada vez que vemos una foto, estamos viendo no lo que es, sino lo que ha sido. También habla de que, a diferencia del cine, donde cada imagen está precedida por otra en una línea argumental y las imágenes se salen del encuadre, en la fotografía no. En la fotografía, los personajes están clavados (aunque tengan movimiento) y de allí no se salen. Porque seremos nosotros quienes los hagamos salir. O no.
Quizás por eso será que me gustan las fotos que no nos muestran todo y nos ocultan algo, las que nos cuentan una historia que no corresponde a un argumento. Donde el guión lo escribimos nosotros. Y donde cada uno creará, cada vez, su propia historia con sus alegrías y sus temores, con sus aciertos y sus dudas más profundas. Y no hablo de esas fotos con mensaje, por favor, que no se entienda eso. Menos aún, de esas infumables fotos con título. Ese título que nos habla como a estúpidos al oído, advirtiéndonos: -No te equivoques, estás viendo una paloma blanca, que representa la paz mundial sobre un cielo cubierto de negro smog, que simboliza la decadencia de las grandes ciudades, bla, bla, bla, bla.  Tengo una foto que me gusta, no porque sea buena, sino porque lo que cuenta y lo que deja de contar. En ella, hay unas mesas inmaculadamente servidas, quizás para el desayuno. Hasta ahí todo bien. Pero también hay una extraña polvareda que inunda el aire. Todo ocurre en un momento ciego en el que no sabemos qué es lo que está ocurriendo. Donde dudamos si lo importante ya pasó o si va a pasar, pero de lo que no dudamos es que allí algo no está del todo bien. ¿Dónde están ubicadas esas mesas, en qué ciudad? ¿Los colores y el polvo nos llevan a algún lejano país de medio oriente? ¿Por qué las mesas están servidas? ¿Dónde está la gente? ¿Debería acaso haber gente? ¿Acaso hubo una explosión, quizás un atentado? Y si es así... ¿por qué está todo en su lugar? La historia que cuente cada uno, seguramente será muy diferente a la mía, que estuve ahí. ¿Pero acaso importa conocer mi realidad? ¿O hay otras realidades que también cohabitan esa imagen y también son válidas? Claro que las hay. Somos curiosos sin cura. Voyeurs de guantes blancos que nos estamos acostumbrando a pellizcar las revistas para intentar ver las fotos más grandes, entrar en ellas. En mi caso, he llegado a contener el impulso de picar una foto, escondiendo la mano hasta de mí mismo. Pero a esa altura el pellizco ya se lo habremos dado con los ojos y nos guardaremos la impotencia de no poder ver más adentro. Porque ahora vemos más adentro, que no es lo mismo que ver más profundo. Antes, el límite nos lo marcaba el papel y sus rugosidades. Ahora no. Quizás por esa curiosidad que tenemos y tanto valoro, siempre me llamó la atención el hecho de que alguien decida escribirse algo, tatuarse un texto en su piel. No un dibujo o una forma, sino algo escrito. Me pregunto entonces qué lleva oculto ¿por qué eligió esa frase o esa palabra? ¿por qué esa tipografía y esos colores? ¿por qué eligió ese idioma que quizás no es el suyo y ni siquiera domina? ¿por qué eligió tatuarse en ése lugar y no en otro? No sé por qué. Lo único que sé es que los papeles se borran y se rompen, pero la piel es para siempre. Y escribir para siempre, es otra cosa. Pensando en éste asunto de los escritos y sus misterios, desde hace pocos meses llevo en Facebook un proyecto fotográfico participativo en donde invito a la gente a enviarme sus fotos de tatuajes escritos en el cuerpo y que me cuenten sus historias ocultas (https://www.facebook.com/EscritoEnElCuerpo) Y hace poco ocurrió algo que me llamó la atención. Subí una foto que me enviaron, pero al subirla no se veía el tatuaje. Pero el tatuaje estaba ahí. A ver, por esas cosas de la autoedición digital, la foto rectangular se reencuadró automáticamente en un formato cuadrado mostrando su parte ciega, donde no había tatuaje, donde no mostraba más que, digamos, un delicado hombro al descubierto de una mujer de pelo lacio, que asomaba desde un camisón en tonos rosas. ¿Y el tatuaje? Click para ver. Debo decir que el encuadre no fue planeado, sino pura casualidad, regalo de los algorritmos de Facebook. Los más inquietos, cuando entraron a ver la foto, se encontraron con un elegante y sugestivo tatuaje sobre la piel de aquella mujer. No había ningún engaño, el tatuaje estaba ahí y lo había estado siempre. En las primeras 24 horas tuvo 577 vistas (en el momento en que escribo esto, lleva 710). Nada mal para un proyecto que sólo tiene, hasta el momento, algo más de 500 entusiastas seguidores y colaboradores.  La respuesta de Facebook al pequeño fenómeno fue un aviso automático que ponía algo así como "Esta imagen ha obtenido un rendimiento de un 95% superior al resto, aproveche para promocionarla y obtener mayores resultados". Caramba. Como en la vida: donde unos ven un cuerpo con un tatuaje y una historia, otros ven un negocio prometedor. Pero en definitiva, todos ven algo diferente. Y eso está muy bueno.  Como diría mi abuelita: -Ha visto?

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