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9.4.12

Entrevista > Alexis Dedieu-Ourmanov (Lyon, Francia)

CHAPPA


Alexis Dedieu-Ourmanov, editor de L’atelier du tilde. 

¿Es cierto que tenías las valijas hechas para viajar a Rusia y terminaste viniendo a Buenos Aires sin saber exactamente porqué? ¿Una vez aquí has encontrado en tu interior una explicación a ese cambio tan drástico y repentino hacia las antípodas de tu destino inicial?
Eso de Rusia lo digo medio en chiste. Hay preguntas muy comunes para el extranjero en este mundo, y una de las que muchas veces me hicieron era ésta: ¿cómo es que llegaste a la Argentina? Pero es cierto, tenía planeado salir para Moscú, había dedicado cuatro meses en aprender las bases del idioma, y tenía mucha fe en lo que me atraía en ese país. La cuestión es que poco antes de salir, hablé con muchas personas que habían viajado por allá, y me devolvieron la imagen de una nación cuyas asperezas eran tales que no me pareció que valía la pena mantener mis expectativas. Eso me permitió entender también que estaba equivocado, y que buscaba algo que no tenía por qué buscar, en el sentido de que me manejaba con cierta representación romántica de la cultura eslava. Pero todo eso es anecdótico. Al llegar a Buenos Aires, uno tiene ilusiones también. Y después se engancha con la realidad. Es como bajarse de un tren que anda despacio: te parece que medís bien la distancia y la velocidad, pero igual si no saltás bien, mirando enfrente, el impacto te da vuelta. Esta pregunta no tiene tanta importancia. Mucho más la de saber lo que me retiene aquí, y lo que sigo buscando. Me parece. Mientras tanto, siento –hasta físicamente algunas veces, mucho más que intelectualmente– que tengo que seguir un poco aquí por ahora. Me llama la atención alguna energía peculiar del emprendimiento, de cualquier proyecto. Hay mucho desgaste, mucho desperdicio, en el medio de tanto desorden, pero eso es lo que me fascina en todos los niveles. Y al nivel cultural aún más. Siempre uno escucha alguien hacer este tipo de comentario rabioso: con todo eso, se podría hacer algo mejor. Me planteo la pregunta de otra manera, que tiene mucho más que ver con el proceso, y no tanto con el resultado. Digo, también uno puede decir: qué locura que a pasar de todo lo que no se lleva a cabo, trabado y deslizado, salgan tantas cosas hermosas en el arte contemporáneo, en el teatro, en la edición de contenidos, y más que nada microscópicamente en cualquier tipo de espacio compartido en talleres, donde se intenta armar cosas. Creo que la cuestión del juicio sobre todo eso tiene que ver con que depende de si lo miramos desde el punto de vista de la civilización –en el sentido amplio de la palabra, como alguna forma de convivencia que apunta al devenir, a la racionalización de los flujos y de las creaciones– o desde el punto de vista de la vitalidad, donde prima el impulso y el intento.
¿Cómo nació «L’atelier du tilde»?
L’atelier du tilde nació de unas charlas de café de estación de trenes, en nuestro invierno francés, cuando tres amigas de edades distintas coincidieron en que había llegado el momento de emprender algo a nivel editorial. En ese momento yo estaba acá en Buenos Aires. Todos estábamos relacionados y comunicados de manera bastante regular, respecto de un proyecto de traducción colectiva (La Edad de Oro de Martí) al francés. Nos mandábamos los textos por mail. Todos éramos traductores, y también habíamos cursado la carrera de edición de textos literarios y críticos. Una de las chicas es nuestra profesora del Master de edición, ella y yo en ese momento estábamos comprometidos con una revista francesa de humanidades. Esto fue en 2010. Cuando volví de Buenos Aires, me recibieron con los primeros propósitos del proyecto: la idea era editar nosotros mismos la traducción completa de La Edad de Oro al francés, con una edición bien cuidada, respetando el espíritu propio de aquella revista fundada por Martí en Nueva York. Ilustraciones nuevas y originales, un libro bello. Este fue el punto de partida. Luego, compartíamos eso de no estar conformes con la forma que la América hispanohablante se llegaba a conocer en Europa en general y en Francia en particular. Esto es porque se tiende cada vez más a englobar y simplificar las realidades latinoamericanas que, como se sabe, son muy diferentes entre ellas, como si fuesen parte de un conjunto sencillo de representar y entenderse, y cuanto más sencillo que se lo ve desde lejos. En fin, nos parecía por otro lado que hoy por hoy en Francia no hay mucho interés por Latinoamérica, lo cual precisamente es el resultado de esta simplificación en el imaginario de los aspectos y matices literarios y culturales. La editorial ahora cuenta con una docena de libros publicados, algunos armados a mano. Hacemos ediciones bien cuidadas, tanto en el contenido que en el aspecto exterior. Casi todo lo hacemos nosotros. Ahora, yo estoy acá en Argentina para difundir y representar a Latelier, y las tres colegas mías que forman el núcleo duro de Latelier en Lyon están haciendo un trabajo admirable, en el que la ambición de publicar libros bellos tiene que enfrentar, día a día, las dificultades económicas. Traducimos, editamos, cosemos, armamos entre todos los que trabajamos ahí, y mandamos a imprimir. Intentamos desarrollar un espíritu independiente y de intercambio con otros protagonistas del ámbito: bibliotecarios, libreros, impresores, otros editores, escritores, etc. Es importante reconocerse como perteneciendo a una misma cultura editorial, compartiendo valores, y posiciones críticas (lo cual no implica que estemos parecidos, por suerte). A lo que voy: en un contexto actual como el que estamos viviendo en Francia a nivel de concentración editorial y agrupación de grandes intereses privados, es importante identificar actores con los que interactuar en forma de red, ya que la dinámica individual no sirve: en los años sesenta, setenta, era posible alquilar un local, recibir amigos, vender libros ahí, empezar a editar otros, en fin, armar todo un rinconcito en el que se podía seguir creciendo sin molestar a nadie y que nadie moleste. Esto ya no se puede, de ahí la importancia de mirar para el lado del vecino, y concertar acciones de conjunto.
También estás editando y coordinando una revista de crónicas digitales sobre el Río de la Plata en francés y español, ¿Cómo es eso de la crónica?
Efectivamente, más allá de mi trabajo de colaborador editorial en Francia con «L’atelier du tilde», y de mi trabajo de investigación doctoral, estoy intentando impulsar esta revista, digital por ahora, llamada «Esquina Corrientes». Es una revista «nómade», y una revista «del andar», que se ubica entre diferentes puertos (ahora el triángulo Montevideo-Buenos Aires-París). Tal vez tenga como modelo esa «fantasía» de algún retorno al ritmo intenso de intercambios fructíferos que los franceses tuvimos con los argentinos en los años de entre y posguerra. Excepto que esta revista no es estrictamente literaria, sino cultural (Arte, Cultura, Sociedad) y tiene como formato privilegiado la crónica. Cuando hablo de «crónicas» la gente piensa inmediatamente en el diario. No es que no sea halagador, pero no es exactamente así.

¿Qué entendés exactamente por «crónica»?

La crónica busca ubicarse a un nivel intermedio entre la nota periodística, el artículo científico y el relato de viaje. Mejor dicho, no es nada de todo eso. Estamos en un contexto disciplinario en el que las etiquetas importan más que el contenido, y los modos de acercamiento no tienen que mezclarse sino distinguirse y rechazarse mutuamente (separemos lo antropológico de lo sociológico y de lo filosófico bajo crimen de falta de rigor o de diletantismo, nos están gritando). Por el contrario, la crónica quiere asumir su esencia transdisciplinaria, y lejos de la tiranía de una objetividad –por la que cuanto más la nombremos menos se logra– reivindica una forma subjetiva, estilística, personal, crítica de dar cuenta de uno o de varios aspectos culturales, artísticos, literarios, sociales, etc. El periodismo contemporáneo alcanzó ese tremendo nivel de inconsistencia, de carencia de análisis y/o de estilo literario por someterse al cánon vacío de la objetividad de la información. Una ilusión total. Si uno lee un ejemplar de Le Monde de hace treinta años, percibirá la profundidad literaria de algunas notas de la época. Una mirada, una perspectiva donde se mezclan ideas, sensibilidades, análisis y estilo. Es inimaginable pensar que hoy podríamos publicar –al menos de aquel lado del océano– cosas parecidas en la prensa. Recién ahora algunos intentos nuevos por el lado de algunas revistas impresas como Revue xxi (o más relativamente Tango) intentan reencontrar esa libertad del recorrido «porque sí». 

¿Qué relación tiene este significado de la crítica con la crónica?

Creo que la crítica existe cada vez menos. Simplemente desapareció. Digo, una crítica que no sea meramente un debate de opiniones. La crítica es un comentario, una recreación, si no se entiende así se ahoga. Ya no me interesa preocuparme del problema de la información. Los que siguen creyendo en la información tradicional pueden agarrar un diario gratis, al salir de la boca del subte. Son trapos llenos de basura. Creo que hay gente que anhela tal vez cosas más personales. Descripciones en donde se pueda cambiar la información para el retrato, la pintura, el impresionismo. Ocuparse de problemas tales como: ¿es acertada mi descripción? ¿habré logrado acercarme a esa realidad? ¿Se sienten algunas cosas?

¿Se puede colaborar allí?

Sí. Ante todo es un espacio para construir, un «modelo para armar» como decía Cortázar. Entonces por supuesto que está abierto para recibir colaboraciones de distinta índole. Va de a poco. No sé todavía cómo va a evolucionar. Lo que importa es juntar a la gente voluntaria primero, y luego decidirlo entre todos. Es un proyecto que tiene que ser grupal y plural, de lo contrario deja de ser interesante. Con argentinos, con latinoamericanos, pero también con europeos. Artistas, diseñadores gráficos o web, intelectuales, escritores, o periodistas corruptos (insatisfechos) están más que bienvenidos. Se puede proponer contenidos de manera espontánea, o a través de convocatorias. Por ejemplo, tenía ganas, para el primer número impreso de la revista, de lanzar una convocatoria grande sobre la temática: «Hugo Pratt/Oesterheld: miradas cruzadas». Una especie de homenaje articulando interpretaciones contemporáneas de la obra y del recorrido de dos grandes guionistas y dibujantes. Artículos, notas, evocaciones, contribuciones gráficas o pictóricas, prosa, etc. en un gran dossier que destaque las singularidades y lo que tienen en común los dos artistas. Además encaja perfectamente la temática con el espíritu transfronterizo de la revista.

¿Por qué es tan presente el recorrido en la revista?

La revista tiene un anclaje urbanístico. Nació de tres «estudios sentimentales» en los que, luego de mis lecturas de Ezequiel Martínez Estrada, quise acercarme al devenir de eso que seguía experimentando como peatón (aunque muchas veces perturbado) y a la vez como extranjero, cuestionando las formas de circular, y más que nada cómo se van intrincando algunas mitologías urbanas o imaginarios colectivos con la forma de usar la ciudad. Por lo tanto, la crónica está siempre inserta en el andar perpetuo, el flujo, o el movimiento. Instante fotográfico, más o menos borroso, en una trayectoria personal. 

Ya subí un par de artículos y notas (de crónicas) que escribimos otra gente y yo. Hasta ahora, la revista está dividida en secciones tales como Estudios sentimentales (la esencia de la crónica subjetiva digamos), Andanzas (reseñas o textos escritos para muestras o exposiciones), Retratos de personajes o de lugares, Resonancias para todo lo artístico, Ensayos para asuntos más políticos o más sociales, Postales para crónicas sobre cosas que pasan en el interior... y Composiciones para obras propias, cuentos o poemas y fragmentos.



¿Y cómo se articulan los otros medios con el texto?

También pueden haber crónicas de otro formato que textual: fotográficas, audio, video-gráficas o multisoporte. Todavía no está bien desarrollada la cosa. Pero la hibridez es un asunto que me interesa y hay que seguir investigando y cuestionando. Acabo de recibir trabajos de una fotógrafa que estaría interesada. Podría publicarlos adjuntando un texto sobre las fotos. Lo mismo puede pasar con la técnica del collage. Ahora desde febrero estamos publicando una serie de crónicas sobre el trabajo de una artista francesa viviendo en Buenos Aires. Consiste en un recorrido a lo largo de un año, a través de proyectos de instalaciones o de esculturas reales o ficticias, las «noticias porteñas».

¿Por qué una revista «transfronteriza»?

La revista apunta ser plurilingüe y transfronteriza. Plurilingüe, porque si se puede leer en español, también está dirigida al exterior, y a Francia más que nada. Salir de los canales comunes que filtran la realidad latinoamericana (rioplatense en este caso): de los programas, de los convenios y de la dinámica unilateral de los intercambios. Como en cualquier tipo de relación fantaseada por ambos lados, se sostiene con mucho malentendido. El espejo halaga a veces, pero es deforme. Me entero de este malentendido, primero cuando estoy acá en el hemisferio sur. Segundo, a las pocas horas de aterrizar nuevamente en Francia. Las expectativas y las representaciones, una vez desmentidas, decepcionan. Me encanta que una mujer mayor –mientras estoy haciendo cola en la Fundación Proa– me diga «Pero vos no tenés cara de francés», en este país donde se mezclaron tantos latinos, eslavos, íberos, germanos, celtas, nativos, etc. Es como si yo dijera allá: «pero vos no tenés cara de argentina». Un absurdo.

¿El tópico ayuda a comprender superficialmente pero empobrece lo real a la hora de explicar y explicarnos a los demás?
Algo así. Digamos que entonces hay que seguir vendiendo sueño, de igual modo que vendo sueño a mi vuelta, cuando me preguntan por lo que pasa acá. Quizás sea una de las razones por las que nunca entendí qué iban a buscar en una ciudad capital en la que todo el mundo está convencido que sigue siendo el centro del mundo, y en la que ya nadie anda por las calles pasada la una de la madrugada. Hablo de París, claro. Parece loco que la época de mayor equilibrio en los intercambios, desde ambos lados, haya sido la década de los años treinta, mientras que existen ahora un montón de programas institucionales para apoyarlos. El tema es que en ese entonces, la colaboración era primero de persona a persona, intelectual, espiritual, luego venía la colaboración institucional. Ahora la colaboración intelectual no es nada sin la institucional.
¿Qué lugar ocupa la revista en relación con un blog común?
Creo que primero hay algo respecto de la forma de interactuar. En la revista, por ahora, elegimos cerrar los comentarios y privilegiar las formas más acabadas de expresión. Pero no es algo definitivo y definido de manera rígida. Luego, en un blog la comunicación suele hacerse desde uno hacia varios, que son los que leen y comentan. En cambio con la revista, la comunicación sería más bien desde los varios hacia uno. El tema de los blogs es valioso e interesante, pero son iniciativas que quedan solitarias, sólo la aprovechan una pequeña cantidad de gente en torno a uno. En cambio la idea es proponer algo que junte varias iniciativas y a lo que se pueda sumar gente de horizontes distintos. Armar una comunidad de lectores y colaboradores, compartiendo intereses y miradas. Incluso los blogs de cada uno pueden converger hacia Esquina, para mejorar la visibilidad de éstos. La red estás llena de cosas que se van multiplicando y sólo una parte de ellas crece en visibilidad. Me parece que hay que fusionar, juntar o agregar (respetando diferencias, por supuesto) en vez de separar, fragmentar y ser redundante en sus rinconcitos. De ahí también la idea de armar ese triángulo: por ahora sólo se me había ocurrido impulsar eso para Buenos Aires. Pero me parece una lástima que no exista nada semejante que incluya Montevideo.
¿Qué es exactamente Lettre Internationale?
La dimensión en forma de red, o de comunidad con la que Esquina apuntaría funcionar en lo ideal está inspirada en el proyecto de revista de Antonin Liehm, que se creó en los años ochenta en pos de la caída del Muro de Berlín. Él creó desde República Checa una red de revistas bajo el nombre de Lettre Internationale, que se expandió en varios países soviéticos, compartiendo el mismo nombre y diseño, pero manejándose con contenidos propios. Ahora, la federación de revistas digitales Eurozine, con base en Viena, incluye a 80 revistas culturales europeas, desde las turcas hasta las irlandeses pasando por las bielorrusas o las húngaras. Esta federación es la ligazón entre todas estas revistas, ya que todas le mandan sus mejores contenidos con el fin de que los traduzca al inglés, de tal forma que una revista turca pueda recibir los contenidos de su homóloga eslovena, y viceversa. Estos son los modelos de referencia de Esquina, porque son los modelos que vi funcionar en mis años de formación junto al mundo de las revistas culturales: implican la red transfronteriza. Sin embargo, las temáticas y los contenidos son diferentes, y se trataba de revistas impresas.


Estás escribiendo tu «Tesis de Doctorado» sobre la historia de la ciudad de Buenos Aires a fines del siglo xxi, ¿qué te llamó la atención al estudiar el pasado de esta ciudad? 

Son varias cosas. Primero esta dicotomía entre una mirada para afuera, y por otro lado un encierro entre el interior y el puerto. Entre la Pampa y el río. Que Buenos Aires, como ciudad capital, haya crecido chupando el resto del territorio, pero manteniéndose a la vez en una posición marginal, dándole la espalda a eso mismo más allá de lo cual alzaba la mirada (El río, el océano y Europa), eso es muy llamativo. Luego, la manera con la que creció la ciudad: a nivel institucional y político, partida entre la imitación de modelos referentes y el anhelo por una originalidad propia. A nivel urbanístico, partida entre un esfuerzo perpetuo de planificación y diseño institucional, y la tentación de ceder a los intereses especulativos y económicos particulares. Una relación cuyo reflejo se nota en la misma cuadrícula, por su heterogeneidad, y su desprolijidad –hay que leer el buen libro de Adrián Gorelik, La grilla y el parque. Fue demasiado rápido. El trazado de la ciudad ya estaba definitivamente definido en 1889. Todo lo que vino luego tuvo que lidiar con las pautas ya existentes, y ahí empezó la ciudad «vertical», según el término de P. H. Randle. De hecho, me gusta eso de que la ciudad trasluzca de manera diferente según la miremos de perfil (la diversidad de fachadas), en diagonal (el interior y el «cuerpo» de las manzanas), o desde arriba (los techos de alturas diferentes con las terrazas). Que coexistan un edificio del estilo ecléctico de principios del siglo xx y, al lado, un edificio modernista o funcionalista de los años cuarenta es algo increíble. Enterarse de que antes de tal edificio de cúpulas estaba una casona es algo que sobrepasa: da cuenta de que las capas temporales siguen compartiendo el espacio de manera simultánea y desordenada. Hay que ver luego en qué medida el desorden urbanístico influye en los modos de circulación y los hábitos de los ciudadanos.


+ Info
Alexis Dedieu-Ourmanov: alexei.ourmanov@wanadoo.fr.
Revista Esquina Corrientes: corrientes.esquina@gmail.com.
Revista Esquina Corrientes en Facebook: «Esquina Corrientes».
Editorial L’atelier du tildehttp://www.atelier-du-tilde.org/. 


Entrevista: Julián Chappa

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